
Desde hace algunas semanas, he vuelto a dejar de recordar los sueños tenidos mientras duermo, tan sólo me quedan los que delineo durante el resto del día. Son muchos estos últimos, y es que por muy feliz que me encuentre, soy incapaz de no abandonarme a los placeres del Soñar. Fantasías que alimentan los motores que materializan mis actos. Borradores mágicos que corrigen errores cometidos en el atrás pasado, que potencian lo vivido. En definitiva, que hacen posible el seguir viviendo para así, continuar soñando.
Miro ahora, mientras ésto escribo, la playa en la que vivo, y sueño. Dos pequeñas montañas la protegen del mar abierto, formando una ensenada que delimita el espacio, dándole la seguridad del hogar efímero de viaje. A lo lejos, pero no tanto, está Camala -quizá sea con K- junto a sus padres, llamados Mamá y Papá.
He vuelto a escribir sobre servilletas de papel y mi bolso ha perdido 1800 gramos que ahora relleno con la nada misma, que al ser mucho más ligera, me permite volar más alto hacia sueños que me afirman a la arena que piso.
Iré a jugar con Camala, como le prometí hace días.

