Hace ya tantos años que no recuerdo cuántos, pero fue una tarde en casa de mis padres. Vivíamos todos juntos aunque María, aun no había llegado. Un televisor Thomson, de los de madera y un reproductor VHS. Mi hermano, sus amigos y yo. En la pantalla, “La semilla del Diablo” Gritos, tensión, miedo y la sensación de que yo era uno de ellos. Todo un hombre.
No podría escribir sus nombres pero no olvidaré nunca lo sucedido cuando, después de la película, volvían todos a sus casas. Los buzones de mi portal ardieron sin que ni una sola carta me hubiese llegado. Llenos de publicidad, facturas y quizá alguna nota de Amor, fueron prendiendo fuego a cada uno de ellos. No recuerdo ni el olor, ni el humo pero sí que nunca más los volverían a ver.
Hace unos meses encontré unos iguales en el portal de Carola.

