Hace unos días dejé este mundo tal y como lo conocía. Me sumergí en una sensación de libertad que me acompañará muchos años, tal vez toda la vida. Duró apenas unos instantes, sin embargo su intensidad pudo romper con la realidad de saberme bajo el agua, pudo con la necesidad de aire, con la presión sobre mi cuerpo, con el miedo. Unos segundos, nada más, pero sin duda unos de los segundos más bellos de mi vida. Fue como si aquella tortuga me hubiese dejado acompañarla en su largo viaje, como si el mar me hubiese aceptado en su seno, rodeado de peces que desafían a la imaginación, de plantas de formas y colores imposibles, siendo parte de un todo absoluto. Sentí el tacto de mis manos sobre el caparazón, el agua envolviendo mi piel, y la velocidad del recorrido, eterno. Lo sentí como si así hubiese sucedido, lo sentí de esa misma forma y, a veces pienso que quizá fue así como ocurrió, pero no me importa saber que sólo fue una sensación, que mis manos nunca acariciaron aquel caparazón, que la velocidad no fue más que el lento recorrer de mi cuerpo en un medio que no es el suyo, que la eternidad terminó viendo como su figura se perdía entres corales y peces.
Soñar, lo mejor de aquel día fue haber podido soñar con la libertad. Unos segundos convertidos en el resto de mi vida.
1 respuesta hasta el momento ↓
Rosalba // Septiembre 4, 2009 a 6:28 pm |
Envidiable experiencia, apenas acudí con mis hijos a una liberación de tortugas si quieres puedes visitarmisiitio, no t arrepentirás